¿En qué momento perdimos la sensibilidad y la empatía?

El tema acerca del que quiero escribir hoy tiene que ver con la crianza pero tambien tiene relación con la sociedad y con el mundo en que vivimos.

Ultimamente me ha llamado la atención la falta de empatía o registro del dolor ajeno que tienen algunas personas. Esto puede verse en lo cotidiano. Adultos que minimizan el llanto infantil tildándolo de maña o capricho. Cuidadores que desatienden la queja de un anciano por considerar que “quiere llamar la atención”… (¿y qué si lo quisiera?)

Gente en el colectivo que mira para otro lado al subir una persona con alguna discapacidad…

Los ejemplos se multiplican.

Quiero subrayar que esta es una forma de violencia.

Vivimos en un mundo violento, y tal vez debemos preguntarnos si queremos un cambio.

Si la respuesta es sí, se puede empezar ya mismo a cuidar y cuidarnos, a develar y combatir la violencia. ¿Cómo? Mi respuesta puede parecer ingenua, pero no lo es en absoluto: Amor.

Un maestro siempre decía que “Se puede sobrevivir al odio”. Me gusta esa idea porque pienso que aplica en muchas circunstancias de la vida donde nos encontramos con la violencia, una faceta inevitable de la vida en sociedad.

Cuando gesté Criando Libres lo hice porque consideré importante difundir acerca de la crianza respetuosa, me pareció, en ese entonces, una herramienta fundamental para pensar cómo apuntalar el crecimiento y el desarrollo de las nuevas generaciones. Pienso que si las personas pueden crecer en un entorno que los respeta, los contiene, les facilita el descubrimiento del mundo y los ama es más probable que el día de mañana se manejen con el mismo respeto y amor con el prójimo. Pienso que criar de esa manera ayuda a combatir la violencia y el odio, y ,por consiguiente, a cambiar el mundo.

En la medida que podamos ver en el otro desconocido un ser que merece respeto y amor, que merece ser escuchado y cuya palabra vale igual que la nuestra, podremos hacerlo en casa (con nuestra pareja, con nuestros hijos, con nuestros padres). Esto supone ser humildes, ser generosos y no creernos superiores al otro (sea quien sea y tenga la edad que tenga).

El mundo es enorme y hay lugar para todos, para cada uno con su infinito mundo interior y sus particularidades. La clave es respetar y amar, aunque suene cursi, ingenuo y básico, son dos verbos que para muchos representan el mayor de los desafíos. No perdamos la sensibilidad, no perdamos la empatía. Vivamos con el otro, no aislados detrás de pantallas. Perdamos el tiempo porque queremos ayudar, porque queremos compartir. Dejemos de lavar, de limpiar, para jugar con los niños. Atendamos su llanto y su pedido de calor. Seamos más humanos, más mamíferos, más mejores.

Ornella Landini

Lic. En Psicología

Cómo interactuar respetuosamente con un niño

Los niños son personas. Y como tales varían en tiempos, intereses y formas de relacionarse con los otros.

Para muchos adultos no es sencillo acercarse a un niño (existe algo así como una barrera generacional que es difícil sortear, como si se hablara en diferentes idiomas y no hubiese traductor): algunos intentan entablar un diálogo preguntándole cosas al niño (lo que se parece más a una entrevista), otros le preguntan cosas que saben que el niño puede saber (colores, números, cuántos años tiene) para captar así su atención, otros usan el contacto físico como un modo de acercamiento (cosquillas, caricias, besos). Hay quienes los ignoran y quienes los elogian por su aspecto o su ropa. También hay variantes en el modo en que se les habla, el tono de voz, frases cortas o largas, lenguaje infantilizado, etc.

Hay tantas posibilidades como personas, y las respuestas de cada niño pueden variar del mismo modo.

Sin embargo estuve pensando en algunas maneras respetuosas de la singularidad del niño. Entendiendo que si queremos acercarnos a alguien, conocerlo, es importante estar dispuesto a entrar en su mundo, a adaptarnos a él y no a la inversa.

  • En primer lugar ponernos a la altura del niño: es díficil entablar un intercambio desde las alturas. Bajar a la altura en que está el niño nos va a permitir algo fundamental: mirarlo a los ojos al hablar.

  • Utilizar palabras claras, en lenguaje adecuado: ni léxico complejo ni palabras de “bebote”. Los niños están en el lenguaje, por lo tanto registran las palabras, la cadencia de la voz, entonación, etc.

  • No forzar al niño a intercambiar si no quiere: esto no conduce más que a un intercambio poco genuino, centrado en las expectativas del adulto y no en los intereses del niño.

  • Interesarnos: mostrar predisposición e interés en el niño, escucharlo con atención y ser consistentes con el diálogo sostenido.

  • Esperar a que el niño nos deje entrar en su universo: no invadir. Así como de niños nos acercabamos a quien nos interesaba para jugar y esperábamos su invitación o preguntábamos si podíamos sumarnos al juego, dejar al niño la iniciativa de hacernos partícipes de su mundo.

  • No ofenderse ni recriminar: cada uno se relaciona con quien desea (somos libres), no podemos forzar lazos. Enseñar a un niño a fingir intereses o simpatías que no le nacen no es saludable ni beneficioso. En todo caso es problema del adulto lidiar con sus expectativas frustradas respecto de ese niño.

Cuidar estos aspectos básicos  en la interacción nos va a permitir no sólo transmitir modelos de intercambio respetuosos sino conocer a la persona que nos importa (saber de sus deseos, sueños e intereses, de sus miedos y sus incertidumbres, etc.) Nos ayudará a ofrecer presencia y amor incondicionales y, porque no, a derribar barreras generacionales: cuando un adulto puede dejar de lado prejuicios, costumbres, creencias y saberes permite que el niño despliegue su imaginación y creatividad. De esta situación todos salen ganando, pues el crecimiento y el aprendizaje es algo que, si lo dejamos, sucede durante toda la vida.

 

Ornella Landini

Lic. en Psicología

Transmitir en la crianza el cuidado, respeto y la preservación del cuerpo propio (y el ajeno)

Hace un tiempo que tengo ganas de hablar de este tema, ya que me parece muy importante. De hecho considero que es una de las principales cosas que tenemos que “enseñar” o transmitir en la crianza.

Los niños van a tratar al otro de la manera en que son tratados, y estos esquemas se adquieren desde muy temprana edad, seguramente en la propia familia o en los primeros espacios del área educativa. Es una responsabilidad de padres y maestros que los niños aprendan la importancia y el valor que tiene su cuerpo y su espacio personal*. El contenido de la transmisión es que estos merecen respeto, deben ser cuidados -léase: el registro de que mi cuerpo es mío: puedo higienizarlo, puedo evitar lastimarlo, puedo elegir alimentos saludables, etc.- y preservados de todo aquello que les cause incomodidad y/o dolor.

Desde que el bebé nace lo cuidamos, lo bañamos, lo vestimos y, por supuesto, tocamos su cuerpo. A medida que va creciendo su yo se diferencia, se construye, a la par que consolida su esquema corporal y su imagen de sí. Diría que es fundamental desde el día uno poder hablar y explicar que se está haciendo con su cuerpo, pidiendo permiso, y permitiéndole anticiparse a lo que va a suceder.

Conforme pasan los meses, alrededor del los 2 años el niño comenzará a explorar y deambular de forma más independiente, y con este hito vendrán las palabras. El “no” del niño hay que escucharlo y respetarlo, en lo que refiere a su cuerpo (y todo lo demás). Los niños suelen no querer bañarse, peinarse, vestirse… tengo la teoría que esto es visto por el niño como una manipulación, en lugar de un cuidado, y por eso huyen apenas pueden comenzar a hacerlo. Cuando nos obligan a algo nos despierta rechazo, cuando entendemos de qué se trata una acción, fuimos avisados y sabemos por qué es lo podemos ver de modo diferente. Esto vale también para las consultas médicas: es muy importante anticipar al niño que un doctor lo va a revisar, en dónde, con qué y para qué. Esto disminuye considerablemente el malestar y la ansiedad que puede acarrear la situación.

Por último quería puntuar que podemos transmitir a los niños que los niños más pequeños no son juguetes (por lo tanto no pueden cargarlos como bebés), que son personas y que no es correcto besarlos sin que ellos quieran, tocarlos sin que ellos quieran (aunque sean demostraciones de afecto- dejan de serlo si molestan, y a ciertos nenes les incomoda), hacerles cosquillas, insistir persistentemente en que hagan algo que no desean, etc. Esto se transmite con el ejemplo: el trato que la familia da a un niño pequeño se va a reproducir entre niños.

Que los niños puedan respetar una negativa del otro, puedan registrar que el otro no desea tal cosa mediante sus caras, sus palabras, etc. será invaluable a la hora de desarrollar sus propias herramientas para apropiarse y preservar su propio cuerpo.

Ornella Landini

Lic. en Psicología

 

 

*Espacio personal refiere a cierta circunferencia imaginaria que rodea mi cuerpo, mi persona. Podemos sentir que la misma es atravesada si alguien se nos acerca demasiado. Como adultos podemos manejar y decidir quienes atraviesan ese espacio, quienes pueden permanecer allí y cuánto tiempo. Este espacio es invadido cuando la distancia óptima (óptima para cada cual, lo que a cada uno le resulte aceptable con cada quien) se reduce por decición unilateral. Como consecuencia solemos sentirnos, cuando menos, incómodos.

Sobre mí

Mi nombre es Ornella Landini. Soy mamá de Francesca que está cerca de cumplir sus dos años. Además soy Psicóloga, recibida en la Universidad de Buenos Aires en el año 2006. Mi trabajo atravesó distintos espacios: instituciones de salud públicas y privadas, docencia en la facultad, y consultorio privado. Desde el comienzo trabajé con niños, adolescentes, adultos y familias, pero mi camino dió un giro tras el nacimiento de Fran, y comencé a dedicarme a todo aquello relacionado con la crianza respetuosa y la psicología perinatal. Soy Doula , perteneciente a DAr (Doulas de Argentina) y estudio Puericultura, articulando la crianza con mi pasión por acompañar mujeres y familias en el maravilloso proceso de tener un hijo.

Con el objetivo de difundir información relativa a embarazos saludables, partos sin intervención, lactancia materna y crianza respetuosa decidí crear Criando Libres. Desde este espacio coordino grupos de juego libre, trabajo con familias para resolver inquietudes o dificultades que les presenta la crianza de sus hijos, brindo contención y sostén psicoafectivo a mujeres gestantes y ofrezco talleres.

De este modo he logrado conjugar mi profesión con mi maternidad, haciendo algo que amo y que considero es un granito de arena para dejar un mundo mejor a nuestros hijos.

Qué es Criando Libres?

Criando Libres es un espacio de crianza cuyo principal objetivo es la difusión de toda aquella información relativa a la crianza respetuosa y al cuidado de los niños. Fue gestado en el año 2016, primero como blog, luego se extendió a las redes sociales y hoy por hoy se encuentra afianzándose en diferentes áreas: talleres- encuentros de juego libre – consultorio de crianza.

Su coordinación se encuentra a cargo de la Lic. en Psicología Ornella Landini, psicóloga clínica, quien actualmente se encuentra capacitándose como Doula y cursando estudios de Puericultura. Su trabajo con niños y familias comenzó años atrás en su consultorio privado y, luego de su maternidad, comenzó a acercarse a las vertientes relativas a la crianza con apego y la crianza respetuosa. Del entrecruzamiento entre su formación y su experiencia de vida nació Criando Libres.

La visión de este proyecto reside en creer que la mejor manera de cambiar el mundo es dar un giro en la manera de enfocar y entender la niñez y la crianza propiamente dicha. Del mismo modo comparte el sentido de la frase del Obstetra Michel Odent: ” Para cambiar el mundo hay que cambiar la manera de nacer”.

Criando Libres se enfoca en ayudar a hombres y mujeres en el maravilloso recorrido de traer un hijo al mundo. Su objetivo es acompañar, contener, brindar información y sostener a las familias que eligen un recorrido, desde la gestación en adelante, signado por el respeto y regido por el amor.

Una adaptación sin angustia ni llanto?

Será mucho pedir que cambiemos la mirada que rige, entre otros procesos, las adaptaciones al jardín?

Veo padres angustiados y veo niños que lloran. Pienso que es posible lograr adaptaciones felices sin lágrimas.

La mejor manera supone:

*Respeto por los tiempos del niño

*Sensibilidad y registro de necesidades y mensajes del niño

*Flexibilidad

Esos tres puntos son esperables de un adulto que acompaña al niño en una adaptación (padre, madre, docente).

Hay que entender, primero, la diferencia entre acostumbrarse y adaptarse:

“Tiene que acostumbrarse, es normal que llore” decía una maestra que escuché el otro día hablando con una madre. La respuesta es NO, acostumbrarse en el sentido de “resignarse”, aprendiendo que no importa que yo llore porque nadie me va a escuchar (o si me escuchan van a pasar de largo) es violento, irrespetuoso y muy triste.

Adaptarse, por otro lado, es darle lugar a un proceso que lleva un tiempo marcado por cada niño en particular. Este proceso consiste en entrar a un espacio nuevo, con gente nueva y apropiarse del mismo. Poder entablar algún vínculo que me de confianza y seguridad con un adulto que atienda siempre mis necesidades (porque la confianza se construye de esta manera).

Para que una adaptación sea exitosa existen variables: la edad del niño, el tiempo de que se dispone, la capacidad de los adultos de responder a las necesidades del niño en tiempo y forma. Hay muchas cosas controlables y otras no, pero es fundamental que esté presente desde el comienzo la principal figura de apego de ese niño (madre, padre, abuela). Esa figura debe estar presente en el mismo espacio que el niño (no escondida en algún rincón del jardín por si acaso llora, práctica habitual en las instituciones). El niño es quien dará señales de que su presencia ya no es necesaria al momento de sentirse seguro y familiarizado con el espacio y las docentes. Ningún niño desea quedarse pegado a mamá todo el día si hay tiempo y estímulos que le interesen. Hay que confiar en su curiosidad, sus ganas de explorar y dejar que fluya, siempre respetando sus tiempos y evitando quitarle su base segura, que es su madre, si el no ha dado señales de que ya no la necesita. El problema reside en que, si removemos esa presencia, los mecanismos de alerta del niño se disparan (porque esa base le ofrece una seguridad que aún no consigue en el nuevo espacio) y poco va a poder ocuparse de descubrir el mundo nuevo que se le presenta. Un niño asustado, ansioso y angustiado no puede conocer ni explorar. Veo maestras que insisten a los niños con que participen, con que entren a la sala solos, que ofrecen sin darse cuenta que la oferta no es para nada interesante para un niño… Los niños perciben perfectamente cuando los quieren apurar, cuando los engañan y cuando no se los tiene en cuenta en sus deseos. Eso deja huellas que van a jugar en contra en un proceso de adaptación donde lo que prima es construir vínculos de confianza y respeto mutuos. Insistir no es ofrecer. Yo diría que se puede ofrecer, para dar la posibilidad de elegir y poder ir descubriendo en que instancia de la adaptación está el niño. Lo que implique satisfacer las expectativas de los adultos en juego habría que dejarlo a un lado: la adaptación es un proceso del niño (a veces, si son muy pequeños, de la madre y el niño) y hay que adaptarla a él.

También hay que considerar que no todo niño se va a adaptar a un espacio nuevo en cualquier momento de su vida, ya que hay variables, como dijimos anteriormente que no se pueden controlar. La flexibilidad es importante, y considerar la posibilidad de dejar ese espacio para más adelante, buscar alternativas posibles.

Antes de cerrar el artículo quiero profundizar en la cuestión de “esconder” a los padres del niño porque “si te ve, llora”. Quiero que quede claro que “ojos que no ven corazón que no siente” es inaceptable a la hora de respetar las necesidades del niño. En efecto que un niño llore cuando ve a su madre es un barómetro que nos permite medir si la necesita o no, y hay que saber usarlo como herramienta porque nos permite saber si el niño está cómodo o está resignado, “acostumbrado” pese a su deseo de no estar ahí. Yo prestaría mucha atención a estas señales, porque entiendo que el jardín de infantes puede ser una experiencia muy linda y que no hay motivo para creer que a un niño no le va a gustar ir. Lo que le juega en contra es el apuro de los adultos (lamentablemente muchos no cuentan con posibilidades de tiempo por cuestiones laborales), la necesidad de sumar vacantes (creo que sumarían más vacantes con adaptaciones más respetuosas que con procesos basados en criterios antiguos y adultocentristas), la falta de confianza del adulto en lo que tiene para ofrecer a cada niño que transita ese espacio  y la falta de registro de tiempos y necesidades de cada niño.

Lic. Ornella Landini

Psicóloga

Criando Libres

La verdad oculta detrás del “berrinche”

Empecemos por definir que es el “berrinche”, motivo de consulta muy frecuente en padres. El llamado “berrinche” es un estado al que llega un niño que se encuentra enojado y frustrado. Por lo general este niño aún no habla o habla muy poco, con lo cual es muy difícil para él poder dar cuenta de estas emociones que siente.

Una característica del berrinche es el momento vital en que aparece, que coincide con comenzar por parte del niño a independizarse, a poder hacer algunas elecciones y a consolidarse como un individuo. Poco a poco, comienza a afianzarse su Yo, y con esto aparecen deseos e intenciones que muchas veces contrastan o chocan con las del adulto.

El berrinche podemos decir, es la resultante de que esos deseos o intenciones del niño no hayan llegado a buen puerto o no han sido atendidos. Por lógica es imposible que puedan hacer/lograr todo lo que quieren, ya sea por seguridad o cualquier motivo. Es que, tarde o temprano, los niños (y los adultos) se encuentran con que “todo no se puede”, limitaciones que muchas veces nos ocasionan frustración o enojo. A quién le gusta sentirse limitado o importente? Imaginemos que estamos en un país donde no hablamos el idioma local. Hemos perdido el equipaje y el personal del aeropuerto no comprende lo que decimos. Hacemos señas, intentamos decir algunas palabras clave para que se nos entienda y no hay modo de hacer el reclamo. A la frustración inicial de no tener nuestra valija se suma el no poder hacernos entender. Más de uno terminaría a los gritos y llorando, algo muy parecido al berrinche infantil.

Los adultos tenemos herramientas (en el mejor de los casos) para lidiar con estas imposibilidades lógicas de la vida. Nos encontramos a conversar con otro adulto, vamos a hacer ejercicio para “descargar” luego de un arduo día laboral, racionalizamos lo sucedido… Pero los niños no tienen estas herramientas, dificilmente logran hacerse entender, y eso en muchos casos aumenta la frustración, cuya única forma de hacerse oir es con llantos desconsolados, gritos, tironeos y algunas veces golpes y hasta mordidas.

Ahora bien, la pregunta más frecuente en el consultorio es Cómo manejar estas situaciones? Cómo hacer si sucede algo así en la calle, la plaza? Porque muchas veces se suma a la dificultad del berrinche propiamente dicho la incomodidad frente a miradas externas que podrían “sancionar” algo de la situación. Aquí resumo algunos consejos que a mi parecer podrían ser útiles, alguno que me han servido a mí, otros que recopilé de saberes de madres y padres que han venido a consultar. El punto es que, muchas veces, tenemos la respuesta, sólo hay que preguntarse cómo me gustaría ser tratado en una situación similar? Qué podría aliviar mi enojo o frustración? Porque no hay que perder de vista que uno  de los fundamentos de la crianza respetuosa es ponerse en el lugar del otro. Respetar al niñ@.

1-Conocer a nuestro hij@. Muchos berrinches son causados por situaciones cotidianas y son previsibles. El baño, tener que irse a casa luego de jugar en el parque, cruzar la calle, etc. Tenemos que poder identificar aquellas situaciones que pueden ocasionar malestar y anticipar al niño lo que va a suceder. Permitirle prepararse puede atenuar la frustración o el malestar.

2- Ser empático. Manifestar al niñ@ que entendemos cómo se siente. Ponerle palabras a ese enojo o a esa frustración. Para eso debemos entender bien de dónde proviene. Muchas veces son situaciones que va escalando o empeorando y terminan con la impotencia de no poder hacer entender al adulto lo sucedido.

3- Ofrecer un abrazo o contención proporciona alivio. Evitar dejar solo al niño para que “se le pase”. Es importante que el adulto pueda soportar este momento con paciencia y amor, ofreciendo su presencia como sostén y contención.

4- Evitar que la frustración escale, ofrecer alguna alternativa o distracción para que el niñ@ no quede enfocado en aquello que le ocasiona malestar. Evitar el “no pasa nada”, dar lugar y pertinencia a lo que enoja o molesta desde el primer momento, para luego ofrecer alguna alternativa posible e interesante.

5-Tomarse todo el tiempo posible para manejar la situación. En estos casos querer apurarse o salir de la situación demasiado rápido es en vano y no nos permite acompañar al niñ@ de la forma en que nos necesita. En algunos casos el berrinche es la manera que tiene el niñ@ de hacernos llegar un pedido de atención o la necesidad de presencia de nuestra parte.

6- No preocuparnos por las miradas u opiniones externas. Muchas veces nos limita lo que otros puedan decir acerca de nuestro accionar y es importante utilizar las herramientas que tengamos y poner nuestra atención en nuestro hijo y cómo ayudarlo.

En todos los casos hay que ejercitar la paciencia, recordar que es una etapa ( y muy importante!) del crecimiento de nuestros hijos y saber que es sumamente valioso que podamos estar allí para ell@s ofreciendo nuestro apoyo y contención.

Lic. Ornella Landini – Psicóloga y coordinadora de Criando Libres

Tetanalgesia vs “Tetita no mami”

 Tetanalgesia es el efecto calmante que la teta tiene en los bebés, brindándoles cierto efecto analgésico frente al dolor.

Hace unas semanas fuimos al Hospital Durand con Fran para darle las vacunas del  año.

Despues de una hora y media de espera, con un número en mano nos tocó pasar al vacunatorio. Francesca ya estaba fastidiosa – se imaginan- bastante se la bancó todo ese tiempo ( en parte gracias a la comodidad de la mochi ergo donde se durmió una siesta y tomó teta). Cuando por fin nos sentamos el enfermero preparaba las vacunas y mi gorda me pidió teta. No lo dudé y le di, dispuesta a que pase por las tres inyecciones de la manera mas grata posible.

“Tetita no mami”- me dijo una enfermera que andaba por ahí con aire autoritario. Estaría acostumbrada a que le hagan caso sin objeciones porque se quedó sin palabras cuando le pedí explicaciones al respecto. El enfermero la respaldó, y me dijo que ese era un ambiente “estéril”- dos computadoras de por medio. Le respondí que la teta es lo más higiénico que hay, que no se preocupara. Me insitió aportando lo que llamó su “explicación científica” a saber: que el lugar estaba lleno de virus, por ser un hospital y que la bebé podía agarrarselos por la boca al tomar teta. OK, le dije, al escuchar semejante barrabasada. No se si me tomó por idiota o él era idiota. Me invitaron a retirarme. Quise quedarme para no perder mas tiempo, pero no saben lo que me arrepiento. Fue la peor experiencia de vacunación que tuve en mi vida, Francesca angustiadísima, y yo con una bronca y una impotencia que no puedo olvidar.

La OMS refiere que estas prácticas retrógradas a la hora de vacunar atentan contra la salud. El motivo es claro: los chicos sufren, los padres sufren, las vacunaciones se postergan lo más posible o se evitan con el consecuente riesgo que esto conlleva.

Recomiendan entre otras cosas: para lactantes dar el pecho durante o inmediatamente despues de la vacuna, y para menores de 6 años distracciones como música o juguetes. Obviamente siempre en brazos de mamá o papá.

Comparto esta nota: http://www.who.int/features/2015/vaccinations-made-friendly/es/